19-04-11
Autor: Jorge Fernández Maqueda
La Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992, fue una conferencia de gran
relevancia que congregó a representantes de 178 países con el objetivo de establecer un plan de
acción mundial contra el Cambio Climático. En este mismo año se creó también la Convención Marco de
las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, una herramienta con la que dirigir los esfuerzos
internacionales para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y reforzar asimismo la
conciencia sobre los problemas que, de forma directa o indirecta, ocasiona el Cambio Climático en
múltiples ámbitosde la vida.
Ambas son antecedentes de las comúnmente denominadas Cumbres del Clima, que vienen
celebrándose cada año desde 1995. La III Cumbre del Clima, por ejemplo, tuvo lugar en Kioto en el
año 1997, y de aquí surge el archiconocido Protocolo de Kioto, un acuerdo internacional con el
objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. En esencia,
el Protocolo de Kyoto toma como referencia los niveles de emisión de 1990 y establece como
meta reducir estos niveles un -5,2% antes de 2012. Desde esta premisa básica, algunos
países tendrán que reducir más sus emisiones (Alemania un -21%) y otros podrán incrementarlas hasta
cierto punto (España un 15%).
Las conferencias se han sucedido desde entonces y las dos últimas han sido la
XV Cumbre del Clima (Copenhague, 2009) y la XVI Cumbre del Clima (Cancún, 2010).
No obstante, poco queda del espíritu que imbuía la Cumbre de la Tierra. A sólo un año de alcanzar
el horizonte del Protocolo de Kioto,
los gobiernos no terminan de ponerse de acuerdo para combatir las causas del Cambio
Climático, y las miras están cada vez más puestas en compensar sus consecuencias. De
hecho, en la Cumbre de Cancún las estrategias de “adaptación” fueron claramente prioritarias frente
a las estrategias de “mitigación”, lo que no resulta muy razonable sobre todo teniendo en cuenta
que si olvidamos que el Cambio Climático tiene unas causas, llegará un momento en que resulte
imposible adaptarse a sus consecuencias.
La Cumbre de Copenhague, por ejemplo, finalizó con una reunión entre el presidente de los
Estados Unidos y los líderes de China, India, Brasil y Sudáfrica. Una situación que el propio
presidente del Consejo Europeo llegó a calificar como “desastrosa”, en la que Europa había sido “
excluida y maltratada”, y que luego motivaría bastante pesimismo de cara a la posterior Cumbre de
Cancún, de la que ya pocos esperarían que sirviera para alcanzar un tratado vinculante continuador
del Protocolo de Kioto. La preocupación queda patente en la declaración de Connie Hedegaard,
comisaria de Cambio Climático, en reunión con Michael Groman, asesor adjunto del presidente Barack
Obama, y otros 24 cargos de la Unión Europea, evaluando la Cumbre de Copenhague en enero de 2010:“
Ante todo, debemos contar con un reconocimiento universal de que el mundo no se puede permitir no
conseguir
un acuerdo internacional vinculante antes de 2012.”